Una mirada sobre “Nostalgia de la luz”, documental de
Patricio Guzmán.
http://www.filmdu.tv/nostalgia-de-la-luz/ Sección OPINÓMANOS. Criticas y Reseñas de fueradelplano
¿A dónde va nuestra parte oscura ahora que nuestra vida es transparente?
¿A dónde va nuestra parte oscura ahora que nuestra vida es transparente?
Amables, lavados, superficiales. Aptos para todo público. La fantasía de que nuestra vida puede ser observada por cualquiera sin daños colaterales se instala en nuestra percepción. La adaptación nos exige alivianarnos, flotar ingrávidamente, dejar de llevar a cuestas pesos y pasados. Debemos aprender a olvidar, porque la información se genera continuamente y pierde valor con rapidez.
Quizá sean las estrellas, a millones de años luz de
distancia, el último reducto del universo que todavía no ha podido ser
registrado por una cámara en tiempo real: toda la información nos llega
retrasada millones de años.
Paradójicamente, no es el espacio o la distancia lo
que realmente nos separa de ellas, sino el tiempo.
¿Es el tiempo entonces lo último que se resiste a
ser diseccionado, medido y procesado por la tecnología?
"El tiempo presente era el único tiempo que
existía", nos dice una voz en off, pausada, ceremoniosa, con acento
chileno. Es el tiempo anterior a la presidencia de Allende, antes de que llegue
el viento revolucionario. El fondo negro de la pantalla se cubre de un polvillo
cósmico. O quizá es arena. O quizá no es la pantalla sino la bóveda del cielo.
El ruido de unas estructuras que se mueven anuncia la presencia de los
telescopios. Rieles, paneles corredizos, cúpulas giratorias, engranajes,
poleas. Somos testigos de la apertura de una carcasa gigantesca. Si la
inmensidad puede ser percibida a través del sonido, ésta seguramente es una
manera.
Así comienza “Nostalgia de la luz”, el documental
de Patricio Guzmán sobre la astronomía, la memoria y el desierto chileno.
"No hay nada, no hay insectos, no hay
animales, no hay pájaros. Sin embargo está lleno de historia. Es una tierra
castigada, impregnada de sal, donde los restos humanos se momifican y los
objetos permanecen. El aire, transparente, delgado, nos permite leer en este
gran libro abierto de la memoria, hoja por hoja".
Pero, a pesar de los deseos, el libro no se lee
hoja por hoja. Ni siquiera está abierto. Justamente lo que el documental relata
es la historia de una imposibilidad.
En el minuto 28 aparece una de las escenas más
crudas y a la vez más hermosas de la película: un cementerio en el medio del
desierto. Son las tumbas de los mineros. Hay cajones que están abiertos. Hay
zapatos, ropa, pelo, huesos. El viento que sopla y un cielo de un azul metálico
que no conoce las nubes.
En el desierto de Atacama, los campos de
concentración de la dictadura han sido construidos sobre las estructuras de
minas abandonadas, y éstas, sobre las tumbas de indígenas o salitreros. Al pie
de los observatorios conviven dibujos precolombinos tallados en las rocas junto
con infinidad de volátiles partículas de huesos de fusilados y desaparecidos.
Si estuviéramos hablando de museos y memoriales,
Régine Robin (1), describiría este fenómeno de yuxtaposición como una
"puesta en presencia de la historia de los estratos memoriales del
lugar", necesaria para construir "una memoria crítica que tome
conciencia de la relación de fragilidad que las sociedades mantienen con su
pasado".
Esta memoria "no temería la indeterminación,
la ambigüedad, la aporía, el espacio dialógico abierto a las significaciones
memoriales, inclusive las formas que predican la ausencia de sentido y la
opacidad absoluta del acontecimiento". Sería una memoria que renuncia
"al fantasma de la transparencia y la autenticidad, al fetichismo de las
reliquias, permitiendo la anamnesis".
Sin embargo, parece difícil huir del fetichismo de
lo material cuando el relato nos muestra la imagen hipnótica de los objetos
encontrados en la pampa desierta (cucharas que suenan agitadas por el viento,
botellas, botas, chaquetas fantasmales) reunidos en un improvisado museo al
aire libre.
Y más aún cuando aparecen las mujeres buscadoras de
Calama. O mejor, cuando aparece nuevamente el desierto inconmensurable, y en el
medio del desierto las mujeres buscando con una palita los restos de sus
desaparecidos. Es sencillamente espeluznante.
Pero una fisura comienza a abrirse en nuestra
certidumbre. Imagino por un momento a nuestras
madres y familiares de desaparecidos buscando restos humanos en la inmensidad
del río o de la llanura argentina. Una tarea tan fuera de escala, tan
desgarradora, tan íntima, que es difícil de concebir. Sin embargo, estas
mujeres chilenas han pasado más de 30 años buscando en el desierto.
¿Es posible que ese dolor no se sublime nunca? Por lo contrario,
¿es posible que se concentre cada vez más hasta tener la justa medida de un
hueso? "Pasé toda la mañana con el pie de mi hermano", dice una
mujer, "fue el gran reencuentro y quizá también la gran desilusión".
Y a la vez que percibimos claramente la magnitud del daño infligido, nos cuesta
comprender si puede extraerse un sentido político de algo tan privado. "Se
lo llevaron entero, yo lo quiero entero, no quiero un pedazo. Y no de él
solamente, sino que de todos". La tarea no tiene fin, el duelo de estas
mujeres no terminará nunca, la reparación es imposible, tanto como encontrar un
cuerpo "en algún lugar de la galaxia".
Y si esta comparación es la que sostiene la tesis
del documental, es a la vez el propio documental el que la desarticula. No, no
es lo mismo encontrar el cuerpo de un desaparecido que encontrar un cuerpo
celeste en el espacio. No es lo mismo reconstruir nuestro pasado y nuestra
memoria que reconstruir el origen del universo. No es lo mismo escarbar en las
capas de la tierra que auscultar el fondo del cielo. No es lo mismo, porque
jamás Patricio Guzmán hubiera hecho un documental sobre los grandes telescopios
que habitan el inagotable desierto chileno si esa tierra no estuviera sembrada
de los huesos de los desaparecidos (2).
Es entonces cuando la poética del documental, esa
comparación fascinante entre la astronomía y la memoria, y la política, esa
operación fascinante entre lo deseado y lo posible, se articulan en un solo
enunciado: la comparación entre las dos formas de mirar el pasado es una
denuncia, no una metáfora.
Entonces, si de lo que habla el documental es en
definitiva de la imposibilidad de transparentar el pasado y si esa
imposibilidad se denuncia como política, la memoria sería uno de los últimos
lugares oscuros donde puede dirimirse dialéctica y críticamente algunos
sentidos del mundo. Tarea eminentemente humana, por ahora ajena a la
tecnología.
Por supuesto, esta no es una respuesta a la pregunta inicial.
En nuestro pequeño universo personal, habitantes de un presente perpetuo, observados, monitoreados, objeto de ingeniosos entrecruzamiento de datos virtuales, parte inconsulta de un sistema que tiene más información de nosotros que nosotros mismos, los espacios -mentales y físicos- realmente privados (ajenos a la mirada de los otros) quedan reducidos a la mínima expresión.
¿Buscará entonces nuestra parte oscura formas novedosas y creativas, más perversas o más artísticas, de manifestarse?
Fuera del Plano, 8 de octubre de 2013
Notas:
1. “La memoria saturada”, Waldhuter Editores.
2. En tren de especulaciones, podríamos decir que tampoco Ariel Dorfman hubiera escrito "Memorias del desierto"
Por supuesto, esta no es una respuesta a la pregunta inicial.
En nuestro pequeño universo personal, habitantes de un presente perpetuo, observados, monitoreados, objeto de ingeniosos entrecruzamiento de datos virtuales, parte inconsulta de un sistema que tiene más información de nosotros que nosotros mismos, los espacios -mentales y físicos- realmente privados (ajenos a la mirada de los otros) quedan reducidos a la mínima expresión.
¿Buscará entonces nuestra parte oscura formas novedosas y creativas, más perversas o más artísticas, de manifestarse?
Fuera del Plano, 8 de octubre de 2013
Notas:
1. “La memoria saturada”, Waldhuter Editores.
2. En tren de especulaciones, podríamos decir que tampoco Ariel Dorfman hubiera escrito "Memorias del desierto"

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