Una mirada
sobre la serie fotográfica “Cine Teatro” de Estela Izuel (sección OPINÓMANOS, criticas y
reseñas de Fuera del Plano)
Hace tiempo
que tengo ganas de ver esta serie de Estela editada en un libro de calidad,
bien potente, tapas duras, la mejor impresión. No sé por qué pero quisiera ver plata
invertida en publicar esa serie,
derroche de dinero, lujo. Por una vez, quiero ver exceso y abundancia
ahí, no
en otro lado. Sobredosis de belleza, despilfarro de arte. Sin esfuerzo,
sin lucha (de los mismos de siempre). Un libro hiper merecido, y no me
refiero (sólo) a que Estela se lo
merece por su trabajo consecuente, cuidado, terco en el buen sentido, ni
tampoco a que se lo merece como cualquier artista que, más allá de los
premios
(bien numerosos), sostiene su obra gracias a (o a pesar de) un empleo
kafkiano.
Me refiero a
que son las propias fotos las que se lo merecen y piden a gritos ser parte de
un libro.
La serie
admite ser mirada de muchas maneras. Si suspendemos la atención en los
detalles, puede verse como una totalidad. Un vuelo a velocidad crucero nos
lleva por un recorrido en el que vamos acumulando información provisoria para
las preguntas que nos van surgiendo: ¿actualidad o pasado? ¿abandono o rareza
arquitectónica? ¿pobre o lujoso? ¿presencia humana o desolación? ¿chico o
grande? ¿en uso o en desuso? ¿maqueta o realidad? ¿hermoso o bizarro? ¿acá nomás o allá lejos? ¿Dónde?
¿Dónde
están
estas magníficas salas de cine y teatro? El hallazgo nos hace pensar en
el
descubrimiento de una cueva con pinturas rupestres en el medio del
desierto, en
los increíbles murales y frisos de las grutas de Ajanta escondidos
durante mil
años. Pero estas salas no estaban ocultas detrás de unas rocas
inaccesibles o
una maraña de plantas y hojas. Un cartel de estacionamiento, la entrada
de una
iglesia evangélica, los afiches que promueven las actividades de una
comunidad de inmigrantes, la fachada de un club, son las “tapaderas”
detrás de las cuales
encuentra Estela estas salas olvidadas.
La sensación
es fuerte, porque los espacios no son pequeños, ni son desconocidos por
nuestros propios contemporáneos, no nacieron para ser efímeros. Trabajo,
tiempo, imaginación y energía volcados en el diseño de estas salas de los más
variados estilos arquitectónicos. Ambientes sólidos, inmensos, que hasta no
hace tanto tiempo convocaban multitudes, gente que se reunía para ver una
película o una obra de teatro, vidas que confluían en un mismo lugar por
centenares.
Elefantes
dormidos en nuestra memoria. Una imagina las complicaciones para obtener el
permiso de fotografiar, el viaje con todo el equipo a cuestas, la llegada al
lugar, las puertas que se abren, la luz que empieza a filtrarse, el polvillo
que vuela. El elefante abre un ojo y nos mira.
La fotógrafa
observa. Nos da la impresión, porque la conocemos desde hace tiempo, que la
fotógrafa es incapaz de modificar la escena, a lo sumo pide que le abran una puerta
lateral o enciendan la luz de una araña. ¿Hay basura o carteles de publicidad? No
importa ¿Hay chicos que pasan corriendo? No importa. La gracia está en no tocar
nada. En conservar la distancia justa. El dedo no espera el instante preciso, porque
el instante preciso no viene de algo que está por suceder sino de algo que ya
sucedió. Y ese algo está completamente inmóvil, esperándonos a nosotros en ese
espacio vacío. Aquí no hace falta apurarse para apretar el disparador.
Y el espacio
vacío es sencillamente un lujo. Es silencio, es amplitud, es morosidad, es pensamiento
en gestación, es tiempo acumulado, es todo lo que el consumismo busca devorar. Ahí
está ese espacio oponiéndose al lleno total, es una reserva de oxígeno que
sobrevive en medio de las ciudades saturadas. Es todavía un lugar, una hoja en
blanco, no un producto.
El plano
amplio que abarca la serie completa nos permite decir que las fotos son
parecidas: butacas y escenarios se repiten en casi todas. Sin embargo, a medida
que vamos avanzando en ese vuelo rasante vamos advirtiendo con la punta del ojo
que no hay una mera repetición al estilo de las tipologías de los Becher. Cada
foto es una singularidad poblada de innumerables detalles particulares y
únicos.
Las fotos
nos llaman entonces a mirarlas una por una. La calidad técnica de la toma nos
impulsa a usar una lupa y observar todo lo que ha captado la cámara. La textura
de los telones, el brillo sobre el cuero de las butacas, la aspereza de la
madera de los pisos, los frisos coloridos en los balcones, la mampostería
ornamental de los palcos, la entrada de luz por una ventanita o una claraboya,
los apliques de plástico celeste sobre la pared, alguna herramienta u objeto
dejados en el piso. Cada foto es una pieza única. ¿No es esa singularidad reconocible
lo que ata a estas fotos con el afecto y las coloca un poco más allá de la mera
acción de archivo o catálogo?
Con su
puntillismo minucioso estas fotos nos recuerdan dolorosamente todo lo que
podemos olvidar. Perder. Abandonar. Esconder detrás de una fachada. Nos hablan de los estratos de la memoria.
Y a la vez, este descubrimiento de lo olvidado, esta puesta en escena
(literal) de un espacio intacto perdido en el tiempo, creo que no tendrían ese
efecto hipnótico y sugerente que tiene en las fotos de Estela sino fueran el
producto de un mecanismo casi opuesto: la represión.
Cualquier
fotógrafo o poseedor de una cámara sabe lo difícil que es contenerse cuando uno descubre
una escena que lo seduce. Agotarla desde todos los ángulos, bajo todas las
luces y a todas las distancias.
Sin embargo,
lo que transforma esta serie en una obra de arte es justamente lo contrario: la
capacidad de la fotógrafa para mantener contra viento y marea un único punto de
vista y mostrarnos una sola foto del lugar. Una única toma directa de frente.
Un plano amplio que comprende toda la extensión de la sala. Un ejercicio de autocontención
y elección meditada que evita la anécdota, la nostalgia y la redundancia. Un
acto sacrificial en beneficio del arte. Cada foto se convierte así en el único registro existente de esa sala y funciona como una especie de fractal, no tanto por su diseño sino por su aspiración: la de formar un todo (un libro) que página tras página pueda mostrarnos con su lánguida belleza y su cadente empecinamiento lo fácil y lo injusto que a veces resulta olvidar.
Y a la vez lo hermoso de descubrir las formas misteriosas y hasta inconscientes que tiene el arte para explorar sentidos cuando no se adelanta al efecto esperado en el observador.
acto sacrificial en beneficio del arte. Cada foto se convierte así en el único registro existente de esa sala y funciona como una especie de fractal, no tanto por su diseño sino por su aspiración: la de formar un todo (un libro) que página tras página pueda mostrarnos con su lánguida belleza y su cadente empecinamiento lo fácil y lo injusto que a veces resulta olvidar.
Y a la vez lo hermoso de descubrir las formas misteriosas y hasta inconscientes que tiene el arte para explorar sentidos cuando no se adelanta al efecto esperado en el observador.
Fuera del
Plano, 10-9-13





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