¿Se acuerdan
de esas chicas que hacían explotar un camión de combustible de un balazo? Volar
es sinónimo de libertad. Pero no si las que vuelan terminan estrelladas contra
el fondo de un barranco.
U N M E J O R D E S T I N O
Una mirada sobre “El trabajo”, novela de Aníbal Jarkowski (Sección OPINÓMANOS de fueradelplano)
Es una opinión bastante generalizada que hablar por los otros o en
nombre de los otros resulta políticamente incorrecto. Sin embargo no nos suena
raro escuchar a Nerón, Augusto, Aquiles, Alejandro Magno, Cleopatra, Juana de
Arco, Mozart, Hitler, Van Gogh, Picasso, Freud, Gandhi, Toro Sentado, el Che,
Perón, Evita, griegos, romanos, palestinos, sudamericanos, vietnamitas,
japoneses, tibetanos, hasta Jesús y sus doce apóstoles, hablando en inglés. Ni tampoco
que reencarnen en el cuerpo de actores estadounidenses.
No decimos nada nuevo, se trata de uno de los mecanismos por los
cuales los dominantes reafirman su poder sobre los dominados, quitándoles la
voz y la palabra, y como consecuencia su propia visión del mundo, de manera que
resten invisibles las estructuras de dominación y las formas en que éstas se
construyen históricamente.
El capitalismo todo lo fagocita, incluso a sí mismo, y siempre
sale indemne de la operación. Entonces es posible encontrar una película que
denuncie el genocidio de los indígenas, lave de culpas a los victimarios y a la
vez recaude millones de dólares, no precisamente a beneficio de los
descendientes de Toro Sentado.
Lo más paradójico (¿o lo más cínico?) es que a veces ese procedimiento
dice utilizarse como una forma de denuncia de las condiciones de sometimiento.
Y así llegamos a nuestro tema: los hombres que hablan en nombre de
las mujeres. Por supuesto, en pleno siglo XXI, la mayoría lo hace con buenas
intenciones (partimos de ese supuesto, ¿por qué no?). Han descubierto que son
herederos de la mitad privilegiada (de sus beneficios, sus comodidades, sus
ganancias y también de sus culpas, sus responsabilidades y sus crímenes) y eso
–a veces sincera y otras sólo especulativamente- los pone incómodos.
Hay en el teatro, el cine, la literatura, la fotografía, las artes
visuales, cantidad de autores varones que tienen como temática la violencia
sobre las mujeres. Como mujeres, podrá gustarnos más, o menos, pero tomamos lo
que nos moviliza: la posibilidad de abrir nuevas discusiones.
Desde el estreno de Thelma y Louise hasta hoy han transcurrido más
de 20 años. Y si en ese momento podíamos negociar la aceptación de un final
trágico a cambio de poner en pantalla a dos mujeres como protagonistas, en
papeles que evocaban transgresión, poder y libertad, hoy ese tipo de final (y
todas las señales que lo anuncian: violación, abusos, concesiones
forzadas, desidia o complicidad del sistema, censura, discriminación,
incomprensión social) ya nos resulta gratuito y anacrónico.
La pregunta que nos hacemos es cómo aparecen planteadas estas
cuestiones en la novela “El trabajo”, de Aníbal Jarkowski, publicada en 2007.
De un realismo apabullante, y una minuciosidad que impone sus
propios tiempos de lectura (se disfruta), la novela podría simplificarse
diciendo que se trata de un relato que denuncia el desempleo, la subocupación,
la exposición del cuerpo y, en particular, las humillaciones adicionales que
deben sufrir las mujeres para conseguir trabajo.
Estructurada en tres partes (“Diana”, “Yo”, “Los dos”), la historia
está narrada en primera persona. No hay un narrador omnisciente en el sentido
clásico (realista), pero sí hay un narrador (varón) que relata, entre otras
cosas, lo que le sucede a una mujer. Lo sabe por haber sido testigo de algunos
hechos, mirando a través de una ventana, y por lo que –dice- ella misma le ha
contado. Podríamos decir entonces que la omnisciencia está enmascarada, que hay
cierto pudor para hablar en nombre de los otros (otras).
En este sentido, quizá lo más genuino del relato, desde la visión
de género, es lo que le pasa a ese “Yo” durante las tres partes de la novela.
Es decir, lo más interesante es cuando el hombre habla en nombre propio (y aquí
no nos importa confundir personaje con autor).
De esas peripecias rescatamos
el acercamiento que tiene el narrador hacia la protagonista femenina:
cuidadoso, delicado, respetuoso de sus tiempos, parece que por fin han
aparecido hombres que pueden coexistir con las mujeres sin querer darles
consejo ni juzgarlas, pero también sin temerlas ni mitificarlas ni ubicarlas
dentro de un mundo que provoca indolencia o desgano. Se percibe el
acompañamiento mutuo, la necesidad mutua, la paridad. La decisión (del autor)
de que los protagonistas no tengan sexo agrega algo a favor, pero no porque
pensemos que de esta manera él la “respeta”, sino porque se percibe como una
huida hacia adelante: no introducir elementos distractivos y apostar a ver lo
que pasa en una relación que no incluye el sexo.
En el “como se ve” la mujer relatada por un hombre, nos resulta
interesante que Diana aparezca más bien apática, fría y quizá hasta
calculadora, sin que por eso disminuya la empatía que el narrador siente y nos
hace sentir por ella.
Menos interesante –nada- nos parece el fetichismo generado por la
ropa interior de los personajes femeninos y todo lo que gira a su alrededor.
Aquí la mirada masculina pareciera “no trabajada” en el sentido de que deja
de construir con un otro (otra), es decir, deja de ir por más, para
sumergirse en el territorio seguro de lo conocido, de la autosatisfacción.
Si, desde otro ángulo, procuramos entender esa mirada como un
intento de ponerse en el lugar del otro (otra) entonces sí nos parece
francamente colonizante: ¿no es demasiado hablar de las bombachas en nombre de
las mujeres? ¿Hay algún tema del que los hombres no quieran apropiarse?
De ahí que la novela no nos parezca erótica, no porque no pueda
erotizarnos un personaje femenino, sino porque esa mirada fetichista enmarcada
dentro de los cuadros y actos que Diana representa desnuda pertenecen, desde la
idea misma de cuadro o acto, a un imaginario perimido. Tan es así, que si
no se mencionara ocasionalmente una computadora o un teléfono celular la
historia fácilmente podría ubicarse en los años 50.
Tampoco podemos sustraernos de la percepción de que la
virginalidad de la protagonista no obedece simplemente a una elección personal
sobre el direccionamiento de su libido, como dice el autor en una entrevista
(1), sino más bien a un tradicional modo de redimir a las mujeres a través de
la “pureza” del cuerpo.
Si entendemos que en el realismo “los elementos del texto van a
ser dispuestos de manera de resultar homólogos de los que se encuentran en la
realidad extratextual” (2) la novela de Jarkowski simplemente estaría
describiéndonos un estado de situación. En este marco, el final trágico o
infeliz no sería más que la transpolación a la literatura de una noticia del
diario: un caso de violencia de género.
Sin embargo, nos cuesta quedarnos con esta interpretación. Es que
la novela merece, aun desde la visión parcial que proponemos, una lectura lo menos
rutinaria posible.
Entonces retomamos la recolección de indicios: por un lado
aquellos que partiendo del realismo (siglo XXI) no obstante consiguen colocar
al texto en estado de búsqueda: la relación de paridad entre mujer y hombre, la
empatía con la singularidad femenina, la construcción de un proyecto conjunto,
las opciones laborales generadas desde el arte.
Por otro, aquellos que partiendo del realismo (siglo XIX?)
reconfirman ciertos estereotipos sobre las mujeres: objeto de deseo, víctimas,
humilladas, a merced de las decisiones y acciones masculinas. Y sobre los
hombres: fetichistas, mirones, abusadores o, sobre el final, a cargo de la
función paternal de protección.
Nos preguntamos entonces por qué a pesar de la tensión entre lo
nuevo y lo viejo que se percibe en la novela, el final no refleja esa
dialéctica, sino que entra de lleno en las categorías tradicionales: castigo
para quienes logran encontrarse con su deseo, armar su propio proyecto de vida,
salir del sometimiento. Desproporción entre un castigo y otro. Ninguna variación.
Sobre el cuerpo si es mujer (violencia) y sobre la propia “hombría” si es varón
(fracaso profesional).
Como si todavía la ficción no se atreviera a imaginar, también
desde el realismo, y también desde la mirada masculina, otros destinos para
nuestros mundos.
fueradelplano,
23 de octubre de 2013
(2) “La memoria saturada”, de Régine Robin, Waldhuter Editores

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